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De la memoria y lo demás. -Cabaret Voltaire


12 de abril de 2004
Por Leonardo Peralta*

¡Cuántos asuntos, chingado!
El Santos

Tantas cosas por comentar, tantas letras por plasmar y tan poquitas madrugadas disponibles para escribir como la providencia manda. En fin, bien dice un amigo que uno no es dueño ni de su propio tiempo… pues bien, en reclamo del tiempo perdido tomo por asalto el teclado y esta noche de primavera que comienza con lluvia, frío y nevadas, como si nos echara en cara los agravios de un mes abundante en escenas de pudor y liviandad, como diría el buen Monsi.

Comenzamos.

Carta de la memoria
Querida Alí:

Fue pues el mes de marzo que acaba de morir en mis manos ocasión de recordar una década de la muerte de Luis Donaldo Colosio; de 1994 a 2004 nomás. Por la breve edad que orgullosa portas (junto con tu bolsa de poesías cargada) sé que apenas eras una niña de primaria (te imagino con trencitas y todo) cuando ocurrieron estos acontecimientos de marras.

En aquel tiempo yo era un adolescente preparatoriano mal alimentado con poemas de Bécquer (en aquel entonces desgarradores y ahora simplemente cursilones) y el descubrimiento de las cuitas de un joven Werther, enamorado de una Carlota casada él y yo apenas de una adolescente banal con torbellinos en todas sus sonrisas (y los besos que me negaba).

Colosio era parte del telón de fondo de aquel final de 1993, cuando todos (incluyendo las legiones que ahora lo niegan) creíamos que estábamos por pasar al siguiente nivel del progreso económico y por la puerta ancha de la asociación con los Estados Unidos merced el Tratado de Libre Comercio (no te rías, por favor). Sin embargo, tras leer La Tragedia de Colosio de Héctor Aguilar Camín, me doy cuenta de que era un sistema corroído por dentro ya que el engranaje clave de la sucesión (es decir, Colosio) era un hombre lleno de inseguridades, que resentía los efectos de un drama personal devastador (la inevitable muerte de su esposa por el cáncer que anidaba) que en el fondo lo debilitaba y lo desamparaba ante las complejidades inherentes a la sucesión presidencial.

Colosio ahora suena a nombre de calle, a grosera estatua en el Paseo de la Reforma que más tiene forma que calabaza que similitud con el asesinado. Pero entre las indagatorias del fiscal (que es en realidad lo que trata el libro de Aguilar Camín) es inevitable visualizar un hombre frágil que en realidad no se siente cómodo con haber sido designado como el último eslabón de una cadena de poder comenzada apenas se disipaba el humo y el polvo de la Revolución Mexicana. Es un hombre demasiado humano para una responsabilidad que le demandará fuerzas extraordinarias y que más parece arrastrado por las circunstancias de su designación que verdaderamente presidente y señor de la nación (que era lo que se suponía iba a ser).

Lo que entonces más sorprendía era la actitud de Manuel Camacho Solís (joven padawan del maestro Salinas) que en la hora de la sucesión fue descartado, por lo que en lugar de inclinarse ente el Ungido (con todo y mayúsculas) armó una escena de enojo que tuvo que ser aplacada otorgándole la Secretaría de Relaciones Exteriores (¡oh gloriosos tiempos de secretarías manejadas como baraja!) y que dejó a más de uno pensando en que el premio del juego del poder no se encuentra en ganar la partida, sino de hacerse de un muy patriótico premio de consolación. Mientras tanto el país ponía a enfriar la champaña (o la sidra) para festejar la entrada en vigor del TLC. Al mismo tiempo en Chiapas lo que se preparaba eran fusiles que atacarían durante la madrugada San Cristóbal de las Casas, Ocosingo, Las Margaritas y otras zonas del estado de Chiapas.

Por cierto, desde mis vacaciones playeras me debatía por enviarle un telegrama a la mujer amada y en los centros de poder ya se afinaban los detalles para un año de estruendosa campaña política que habría de concluir (como había sido tradición desde 1929) con la elección de Luis Donaldo Colosio (previo triunfo aplastante en las urnas) como vigésimo sexto presidente mexicano de la era posrevolucionaria.

No llegó.

El 1 de enero de 2004 (mientras un servidor regresaba del viaje de año nuevo cruzando la Sierra Madre de Guerrero), en una esquina del país irrumpe un movimiento armado de indígenas pobres llamado EZLN que desafiaría directamente al gobierno pidiendo con fusiles en mano la dimisión del Presidente de la República. Era un balde de agua fría que a todos (incluido mi adolescente personalidad) nos cayó por sorpresa, de una manera terrible e inesperada.

Y si la impresión para un ciudadano anónimo y de a pie como yo fue inenarrable, lo menos que se pude decir de lo ocurrido en las esferas del poder se puede sentir como devastador (al menos de lo que se conoce por los datos que los protagonistas nos han hecho saber). Con el paso de las semanas (y la llegada de las primeras y frágiles conversaciones de paz) Colosio parece caer en una espiral depresiva ante una ola de acontecimientos que lo rebasaron (a él y a la clase política mexicana en su conjunto), le restaron fuerza de arranque a su campaña y colocaron en los reflectores a Manuel Camacho, un hombre que trasluce una doble intención al reaparecer como gran negociador de la paz en Chiapas: acumular una masa crítica de apoyos que pueda mercar ante su adversario Colosio o trocarlos en una candidatura presidencial en otro lado.

Un país al borde de la violencia es poco propicio para un sistema político anquilosado que desea preservarse. Es en este momento en el que, mientras el país trata crear las condiciones de un diálogo con los entonces desconocidos rebeldes, el equipo de campaña de Colosio se debate entre la incapacidad de afrontar la nueva situación del país, de ser un sol opacado ante la opinión pública por las nubes del confrontamiento bélico y de un Camacho que en cada conferencia de prensa arrebata al candidato del precioso tiempo de los medios de comunicación.

Aunque las encuestas lo dan como un ganador natural de la elección, dentro del comité de campaña se respira un aire de conspiración y de dudas. Puertas afuera los ciudadanos esperamos que la guerra concluya pronto y un servidor está por terminar la preparatoria ante grises augurios de un mundo que se anuncia más hostil de lo que se pensaba (y de lo que deseaba).

Y mientras los círculos de poder se mueven (y se revuelven) para sacar avante la ensombrecida campaña política de Colosio, un obrero de maquiladoras en Tijuana, quizá afectado de sus facultades mentales, imbuido en el drama familiar de los millones de mexicanos desarraigados por migración económica forzada escribe en un cuaderno:

Sabemos perfectamente bien que el error es un arma que acaba siempre por erir (sic) al que la emplea.

Su torrente de palabras denuncian la dictadura del PRI, las injusticias de una Revolución que al fin y al cabo terminó por llenar de dinero a algunos y de ofrecer flacos paliativos a los demás. Sus palabras enloquecidas por el mesianismo denotan la antidemocracia, la censura, la ignorancia de un México partido en fracciones desiguales que viajan al futuro unas y otras que se hunden en los terrenos del atraso, la marginalidad y la violencia como única forma de subsistencia.

En su delirio redentor, Mario Aburto Martínez quiere enderezar el entuerto y para ello coloca una pistola marca Taurus en la bolsa derecha de su chamarra y emprende el camino hacia la colonia Lomas Taurinas, donde su anhelo de cambiar la historia se volverá realidad de una manera tangible. Dolorosamente tangible. También quiero agregar que fue una tarde espantosa porque ese mismo 23 de marzo de 1994, aquella niña de mis ojos (de la que no he vuelto a saber) estaba besándose en la parada de un camión con un tipo del quinto año de preparatoria.

A partir de ese momento, Alí de rizados cabellos, la vida no fue la misma para el PRI, ni para Salinas, ni para los amigos y enemigos de Colosio, ni para el sistema político mexicano, ni siquiera para mi familia. Durante la crisis económica de 1995 (derivada de aquellos aciagos días) mi padre perdería su empleo y se vería forzado a un exilio económico del que no ha vuelto todavía; nuestra casa de vería acosada por acreedores y veríamos cara a cara lo que significaba pelear por la sobrevivencia en un país que se desmoronaba y en el que no podía incidir por ser un simple estudiante universitario sin capacidad de reparar lo que deshecho estaba.

A la distancia que el tiempo ofrece los traumas se vuelven recuerdos amargos y después datos fríos y anécdotas anestesiantes en los libros de historia y los recuerdos de los viejos. Hoy soy un viejo de 27 años con la única intención de contarte (en la medida de mis posibilidades) esta historia que cambió nuestros destinos, tan lejana ya que por momentos parece irrelevante. Que la memoria de un hecho nebuloso se vuelva nítido y que ante tus ojos la memoria viva en las palabras que te cedo, Alí.

El arma secreta de Osama

Hace ya muchos años, cuando era apenas un estudiante universitario, un profesor (Sergio Ortiz) nos dijo que el arma que definió el curso de la Segunda Guerra Mundial no fue la bomba atómica, el cazabombardero o el portaaviones. La ventaja que Estados Unidos le dio a las fuerzas aliadas (y que cambió el sentido de la guerra) fue el sistema logístico y administrativo que le permitió movilizar cientos de miles de hombres junto con los recursos necesarios para mantenerlos listos para el combate al otro lado del mundo; además de mantener continuo el flujo de avituallamientos desde hojas de papel hasta piezas para reparar aviones en las cuatro esquinas del planeta de manera eficiente, rápida y económica.

Medio siglo más tarde, los encargados de la lucha contra el terrorismo declaran (comenzando por el director de la CIA, George Tenet, quien hace algunas semanas declaró ante el Congreso de los Estados Unidos) que no pueden asegurar un triunfo definitivo contra el terrorismo y que ni siquiera la captura o muerte de Osama Bin Laden garantiza el final de la violencia debido a que la organización está basada en pequeñas células independientes que operan de acuerdo con sus propios intereses y capacidades.

En medio de los muertos, los heridos y las perturbadoras noticias sobre Irak (donde algo peligrosamente parecido a una guerra civil se asoma por el sol del desierto), se ha olvidado que aparte de ser un hombre religioso en extremo, Osama tiene una carrera en administración pública y posgrados en economía, por lo que es una persona que tiene un conocimiento claro y preciso de cómo operan diversos sistemas administrativos tanto en Oriente como en Occidente.

Quizá la mayor fortaleza de su red de muerte y destrucción no radica en las armas que pueda empuñar, sino en haber creado una organización trasnacional al estilo de las empresas más representativas del mundo actual, capaz de operar independientemente de su “casa matriz” aprovechando los avances de la tecnología moderna, pero capaz de mantenerse vinculado por un conjunto de ideas políticas, históricas y religiosas que le dan identidad y en cierta medida apuntan los fusiles hacia quienes consideran sus enemigos.

El aparentemente ilógico matrimonio entre administración y terrorismo ha creado un monstruo imposible de descabezar (no hay cabeza que la dirija realmente) y para el que el enorme ejército de los Estados Unidos apenas ha podido responder al arrojar miles de marines y mísiles inteligentes (al costo de miles de millones de dólares) contra una nación postrada por una dictadura brutal; mientras que en un vecindario de Madrid (y quizá en cualquier ciudad del planeta), un grupo de personas se organiza para crear un infierno de bajo costo (el reciente atentado de Madrid apenas costó el equivalente a 70 mil pesos mexicanos) en el momento que menos esperado.

Así las cosas, cuando la efectividad de los esfuerzos de la guerra contra el terrorismo parecen no ir hacia un punto útil, sería recomendable pensar en términos de que, al igual que durante la Segunda Guerra Mundial, el arma decisiva no viaja bajo las alas de los aviones sino en la mente de quienes puedan ofrecer soluciones inteligentes en lugar de la saturación de bombas y mísiles que, al menos en términos pragmáticos, ha sido incapaz de cortar el terror y más bien han dejado tras de sí una estela de agravios para los que no faltará quien clame venganza sobre los cuerpos de inocentes.

DF: un rincón de vírgenes

Ya ha pasado casi un mes desde que todos seguimos pendientes de la corrupción de Bejarano y sus amigos. Por lo pronto me quedan claras algunas cosas (en lo que verifico que no haya salido en algún video revelador de mi relación abyecta y sumisa ante las fuerzas del mal):

1. J.K. Rowling está contra el Peje: Eso me queda muy claro al acusar AMLO un día sí y el otro también de sus desgracias y la maldad que invade a sus seráficos colaboradores a un personaje de la saga de Harry Potter llamado Lord Voldemort y que también usa el curioso apelativo de “He-who-shall-not-be-named”, o en buen chilangués, “El Innombrable”. Yo si fuera la Sra. Rowling demandaba al Peje por difamación; digo, los propósitos de Lord Voldemort tienen más bien que ver con la conquista de dimensiones mágicas que con el tráfico de influencias de anodinos y corruptos muggles (que es como se les llama a los humanos carentes de capacidades mágicas).
2. A las fiestas de los políticos acuden puros zombies: Después de semanas de deslindes me queda claro que a manifestaciones partidarias, bautizos, aniversarios luctuosos, bailes populares, convites con cargo al erario y demás socialités impuestas por el orden social político descerebrados y desmemoriados representantes de los verdaderos líderes nacionales dado que ahora nadie conoce a nadie: Rosario en realidad no conocía al empresario Carlos Ahumada (yo creo que Ahumada se llevó un mono inflable con forma de Chayito en sus viajes por el mundo), Cuahutémoc Cárdenas no conocía a Chayito (al menos no en su plan façonable), el Peje en realidad nunca supo quién era su secretario de finanzas (hombre, qué desconfianza para pedirle que le invitara unas frías en su casa), Raymundo Rivapalacio no tenía idea de la identidad de su patrón en El Independiente, el Jefe Diego juró defender (como va la cosa, hasta la ignominia) a una persona que a base de videos semiborrosos le comprobó que era víctima de una persecución política. El Niño Verde no conocía a Santiago León y el colmo de los colmos: Claudia Sheinbaum no tenía idea de quien era su esposo (me supongo que pensó que las bolsas de supermercado llenas de dólares eran panfletos en forma de dólares para denostar el capitalismo). Y lo mejor de todo es que antes de que todo esto sucediera, muchos de estos personajazos (o sus descerebrados representantes) convivieron, comieron, brindaron y libaron en la boda de Emilio Azcárraga allá por el rumbo de Cuajimalpa. Y uno que pensaba haberlo visto todo en cuanto a realismo mágico y cinismo.
3. Viajar en avión privado es la neta: Caray, uno que es naco (y le gustan las nalgonas como dice un cuate) nunca ha pisado un avión privado, se ha perdido de un placer sublime por el que docenas de políticos se pelean y hasta se juegan la honra. Desde mi atalaya como usuario de democrático metro y microbuses me parece incomprensible que existan personas capaces de prestar en nombre de la amistad un objeto tan costoso como un avión privado, así como cargar con los gastos de turbosina, pago de pilotos, azafatas, mecánicos, uso de aeropuerto, bocadillos, música ambiental y botellas de fucking crystal (como dice Tarantino). Chale, y yo que me sentí en las nubes cuando un amigo me dio un aventón a bordo de su chingonométrico BMW. Soy un pobre tonto, ingenuo charlatán.
4. Todos somos imagen: Ahora resulta que el himno nacional debería decir “piensa oh patria querida / que el cielo / un video en cada hijo grabó”. Desde las promesas (entre alarmistas y morbosas) de que habría hasta 50 videos en el “The Ahumada Director’s Cut Collection”, pasando por las amenazas del diputado Döring (el chico de los videos, como le dicen en la revista CAMBIO) y ahora del propio Bejarano que dice que tiene un video con las pruebas de su perversión a manos de un hombre diabólico que le llenó la cartera de pesos y a cambió le robó la inocencia de un niño que piensa como Miguelito (el de Mafalda) que el dinero es un papelito que sirve para comprar cosas.

En fin, todo indica que aún no hemos visto nada y que todo, todo lo habremos de ver y saber (palabra de Peje). ¡Que Dios nos agarre confesados¡

Kurt: una década sin ti

El 5 de abril de 1994 Kurt Cobain se pegó un tiro en la cabeza y terminó con todo de una vez. Qué rápido pasa el tiempo. Qué rápido pasan las esperanzas. Qué rápido seguimos con todo. Qué rápido nos hacemos de dinero. Qué rápido nos hacemos viejos. Qué rápido ya nadie se acuerda de ti.

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  • Una respuesta to “De la memoria y lo demás. -Cabaret Voltaire”

    1. Kurt Donal Cobain JR
      Mayo 14, 2007 22:24
      1

      Ya hemos pasado mas de 13 años sin ti pero yo no te olvido aunque no te conoci, conosco tu legado de Underground que fuiste y el odio a las personas generales, yo al igual que tu tambien las odio profundamente, eres mi Dios mi inspiracion My heroe y creo que nos veremos algun dia cuando yo muera

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