Emigración de corazón
Cambiar de nación no es sólo un proceso de mente y cálculo
Sociedad en línea
Por Carla Añez-Espinosa
Este artículo trata el tema de la emigración de un país a otro. Incluye lo que significa el proceso y cuál termina siendo la emigración real: la de nuestro corazón. No es una narración oficial, es más una opinión acerca de este proceso que cada día es más común, tal vez por las situaciones política y económica que parece comerse a la mayoría de los países de América Latina
y tantos otros, tal vez por razones más personales, pero que, sea por las causas que sea, nos lleva a salir de nuestros países de origen.
Cuántas veces escuchamos a los demás o a nosotros mismos decir frases como: ¡Ya no aguanto esta ciudad! ¡El tráfico me va a enloquecer! ¡Tengo que salir de aquí! ¡Aquí no hay buenas oportunidades para mí! Pero, ¿sabemos realmente lo que significa emigrar?
Dependiendo del país del cual se quiera escapar y al cual se quiera llegar, pensando que en éste está nuestra absoluta salvación, hay que cumplir con una serie de requisitos, papeleo, diligencias, llamadas telefónicas, largas filas de espera. Primero, hay que tomar la decisión, luego hay que comunicarla a los más allegados y soportar las múltiples opiniones que todo el mundo tiene acerca de los planes de uno y ver que ellos llevan estancados toda su vida en el mismo sitio ¿qué es entonces lo que critican? ¿No será envidia de que vamos a hacer todo lo posible por hacer lo mismo que ellos quieren, pero no se atreven a hacer?
Llega un punto en el que uno literalmente odia la ciudad en la que vive. Puede ser, como dije antes, el tráfico, la falta de buenas oportunidades, Chávez (en algunos casos), el perro de la vecina que ladra todos los domingos que es el único día que podemos dormir hasta tarde y, como no podemos simplemente asesinar al canino… pues ¡nos vamos del país! Obviamente, el pobre perro no tiene la culpa, pero ¡ladra siempre en el momento más inoportuno!
La decisión
Muy bien, supongamos que superamos los largos meses de espera y diligencias, gastos, etc y logramos tener ya una fecha de partida hacia nuevas tierras en las cuales “todo será perfecto”, sabemos que tendremos que esforzarnos, pero es otra cosa y eso es lo que importa a fin de cuentas. Comienzan entonces las despedidas y ocurre algo muy particular, el corazón comienza a hablarnos. En ningún momento durante la planeación de la partida nos dijo nada, ahí estuvo calladito, fiel, acompañándonos, pero justo cuando tenemos todo listo hace su entrada triunfal.
Es cierto, comenzamos a pensar, si me quedo no tendré trabajo, no podré formar una familia propia porque jamás me alcanzará la plata, pero aquí es donde nací, crecí, me eduqué, viví con mis hermanos, discutí con mis padres, me dieron mi primer beso y tantos otros momentos memorables.
Logramos llegar a nuestro destino a pesar de las constantes contracciones de estómago y continuas amenazas de arrepentimiento. Vamos a hablar y recordamos que debemos aprender otro idioma en cuestión de meses, vamos a comer y nos damos cuenta de que no existe lo que estamos acostumbrados a comer, nos subimos a un autobús y nos perdemos porque desconocemos la ruta. Podemos llegar a pensar, “esto no es lo que esperaba”, “como que es mejor malo conocido que bueno por conocer”. Ni hablar de los cientos de $$$$ que comenzamos a gastar en llamadas telefónicas para tranquilizar al señor corazón al conversar con nuestros seres queridos a larga distancia.
Puede darse también el caso contrario. Llegamos y todo resulta según lo planeado. Sí, no conseguimos el mismo pan de siempre, tal vez nos olvidamos que ahora en vez de decir “hola” debemos decir “hello”, pero definitivamente ha sido lo mejor. Hacemos nuevas amistades, nos acostumbramos a las rutas, pero… extrañamente seguimos gastando cientos de $$$$ en llamadas a nuestros seres queridos.
¿Entonces?
Entonces eso quiere decir que emigrar no es sólo un proceso de mente y cálculo, sí, buscamos una mayor calidad de vida, mejores oportunidades, pero se nos olvida que nuestro corazón también está emigrando y es entonces cuando parece tener una vida aparte de la nuestra. Comienza a reclamar, nos hace recordar cosas que parecía que habíamos olvidado al día siguiente que ocurrió, como cuando esperábamos a nuestra mamá que estaba en el médico y jugábamos con nuestra abuela en el parque que estaba justo frente a la clínica y tantas otras situaciones muy normales, pero que, estando lejos, se hacen extraordinarias.
Pensemos bien, muy bien, antes de emigrar, no vaya a ser que a fin de cuentas sea el corazón lo que en verdad importa… ¿podría ser? Yo creo que sí.
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