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Innovación tecnológica: escarpado sendero de la supervivencia

El sistema educativo nacional: ahuyenta a alumnos de ciencias básicas
Tecno-industria

Por Leonardo Peralta C.

Leyendo el número de abril de la revista mexicana Encuesta (www.revistaencuesta.com) encuentro una serie de datos acerca de la innovación tecnológica presente en los entornos productivos y académicos del país. Innovación tecnológica De los datos allí expresados, uno de los más preocupantes es que el 92% de las unidades industrias nacionales se dedican a la producción y manufactura de bienes de bajo nivel tecnológico como alimentos, metales semiprocesados, textiles, química básica, componentes para maquinaria, etc.

El restante porcentaje se enfoca en áreas de alta tecnología como producción de software, biotecnología e ingeniería de materiales. Este problema repercute en que 12,207 solicitudes de patentes presentadas ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) apenas 468 corresponden a innovaciones hechas por instituciones o personas mexicanas. Sin embargo, antes de comenzar la retahíla de quejas y denuncias por la pobre inversión del PIB mexicano en ciencia y tecnología (0.43% en lugar del 1% recomendado por la Organización de las Naciones Unidas) es preciso hacer algunas reflexiones en torno a la forma como los mexicanos concebimos la ciencia y la tecnología.

La medianía científica

Desde tiempos del dominio español, la ciencia y la tecnología fueron vistas por los gobiernos monárquicos con una mezcla de escepticismo, recelo y abierta hostilidad. Y aunque la corona española permitió las exploraciones científicas al país y mantuvo cierto interés en el desarrollo de tecnología aplicada a la minería (de ello surge el Colegio de Minería en 1783 por el rey Carlos III), la realidad es que el modelo económico promovido por la corona española desalentaba cualquier iniciativa tecnológica proveniente de los mexicanos, por lo que la importación de tecnología ha sido una condición histórica de México desde hace siglos.

Durante los años aciagos que siguieron a la Independencia mexicana en el siglo XIX la inestabilidad política fue tan grande que cualquier iniciativa educativa (ya no digamos científica) caía en el árido terreno de un país devastado por la guerra y todo tipo de inseguridades. Y pese a que ese siglo vio la aparición de sociedades científicas y técnicas de todo tipo, es también de señalar que la infraestructura necesaria para propiciar un desarrollo tecnológico aplicado (oficinas de patentes que protegieran la propiedad intelectual, entidades de investigación y docencia de alto nivel) nunca vio la luz durante aquella centuria.

Es hasta la primer mitad del siglo XX que comienzan a definirse políticas claras de desarrollo científico e instituciones fuertes que puedan ser hábitat para una comunidad de científicos dedicados de tiempo completo a la investigación y a la docencia. Sin embargo, todavía tuvieron que pasar muchos años hasta que verdaderamente se pudiera hablar de una política científica estructurada (en la medida de lo posible) con la fundación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) en 1970. Sin embargo, los problemas impuestos por la realidad económica y otros elementos han hecho que para 2003 instituciones educativas y de investigación apenas hayan podido registrar 38 patentes a nivel nacional.

La variable cultural

Punto y aparte de los problemas estructurales para el desarrollo de una ciencia e innovación tecnológica sustentables en México también existe una variable cultural sobre la percepción que los mexicanos tenemos respecto de lo que la ciencia significa para el país y su valor en la pirámide social. De acuerdo con una encuesta realizada por la Academia Mexicana de Ciencias en 2003 y la empresa GAUSSC en 2004 resultó que apenas el 8.5% de los encuestados deseaban que sus hijos fuesen científicos (contra el 77.3% que desean que sus hijos sean profesionistas y el 8.8% que desea que sus hijos sean comerciantes).

Como dato que denota nuestras percepciones erróneas, dichos estudios señalaron que el 86.6% de la población piensa que la parapsicología (el estudio de lo sobrenatural, pues) es una disciplina “altamente científica”. Y aunque la mayoría de la población reconoce que la ciencia es algo importante (96% opina que la enseñanza de la ciencia es indispensable en la educación básica) también es un hecho que la idea que los mexicanos tenemos respecto de la ciencia es fragmentaria, incompleta y no se tiene una noción clara de la importancia de la ciencia para el desarrollo nacional.

Agregue a este pequeño listado el sistema educativo nacional cuya pedagogía suele ahuyentar a los alumnos del conocimiento de las ciencias básicas (biología, química) y de las ciencias aplicadas (ingeniería, diseño industrial), una infraestructura científica hiperconcentrada en la Ciudad de México y en una sola institución científica (la UNAM), lo cual no es intrínsecamente malo, pero tampoco ayuda al desarrollo de la ciencia al interior del país. Para rematar, las políticas científicas del país suelen estar supeditadas a variables coyunturales que pueden dar al traste con proyectos de largo aliento.

Aquí hago un paréntesis para traer a colación la tragedia de un investigador del Centro de Investigación y Estudios Avanzados de IPN que entrevisté para realizar un artículo sobre la clonación humana y que al final de la entrevista me comentó que se encontraba abatido porque unos cultivos biológicos a los que le había dedicado años de trabajo se habían perdido ya que debido a una huelga en la institución se le prohibió el acceso a su propio laboratorio durante semanas. Triste ejemplo de lo que la gente piensa de la ciencia: una investigación científica

El eslabón más débil

Además de lo anterior, la necesidad de que exista una relación entre los sectores productivos del país y los académicos es muy reciente. Hasta hace un par de décadas numerosos científicos se sentían reluctantes a establecer relaciones con la industria debido a que la consideraban una relación cuestionable y los empresarios no sentían que valiese la pena invertir en innovaciones, en parte por la incertidumbre económica estructural en el país y porque el modelo económico cerrado a la competencia existente hasta finales de la década de 1980 permitió a los empresarios prescindir de invertir en innovación y desarrollo ya que la competencia era virtualmente inexistente y es apenas hoy (cuando países como China destruyen la ventaja que teníamos como proveedor de mano de obra barata) cuando comienza a verse la urgente necesidad de trascender el modelo industrial manufacturero y pasar a un modelo productivo basado en el conocimiento y el desarrollo tecnológico.

Reflexión

El panorama anterior no debería obstar para superar los problemas estructurales y convertir el desarrollo tecnológico en eje central para salir de los atolladeros económicos que retrasan nuestro país, pero para ello sería necesario un esfuerzo de largo aliento similar al que llevó a la democratización del país, es decir, un proceso de varias décadas de duración, que contara con el apoyo decidido de los sectores involucrados y la modificación de numerosas disposiciones legales que facilitaran el trabajo de los científicos e incentivaran la participación de la iniciativa privada en el desarrollo tecnológico del país.

Sin embargo un esfuerzo de tal magnitud (similar al que describe Franz Kafka en su cuento titulado La Gran Muralla) requiere grandes esfuerzos y mucho tiempo, lo cual en un país como el nuestro, donde como dice Mafalda “lo urgente no deja tiempo para lo importante” este panorama solamente se modificará (igual que sucedió con la democratización del país) cuando las circunstancias fuercen la operación de dicho cambio y sea urgente para mantener la viabilidad del país. Sin embargo, todo indica que aún estamos lejos de tal escenario, quizá crítico pero sin duda necesario para que las cosas cambien de lugar.

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  • Una respuesta to “Innovación tecnológica: escarpado sendero de la supervivencia”

    1. jaime enriquez cazares
      Septiembre 6, 2005 18:32
      1

      que pongan un poco mas

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