Perdido en la caja negra. Cabaret Voltaire
![]() 24 de mayo de 2004 Por Leonardo Peralta* Tenía pensado comenzar este artículo con una analogía entre el libro de La Historia sin fin, escrita por Michael Ende y el desmoronamiento de la política que hemos vivido en lo que va de este 2004. Sin embargo, esto lo dejaré para luego porque antes quiero escribir acerca de algo más personal y agradable… al menos mejor que la Nada (así, con mayúsculas) invasora de la política. |
Reconciliación consolar
Mi relación con los videojuegos es de hace mucho tiempo. Específicamente desde la década de 1980 cuando en una de mis primeras excursiones al mundo exterior a los 8 años me topé con que en la farmacia de la esquina un armatoste con pantalla presentaba a la comunidad de escuincles del rumbo las delicias de un entretenimiento nuevo: las maquinitas, alias chispas, alias videojuegos.
Fue amor a primera vista, y como cualquier amor, éste requería ser consumado en la intimidad, por lo que insistí a mis padres para que me regalaran un Atari 2600, demanda a la que accedieron sin preguntar demasiado. Recuerdo mis sesiones jugando Otello, Asteroids, Space Invaders (en su versión casi original), Track & Field y el delicioso Chopper Command en una tele Hitachi, que ahora podría ser pieza de museo, pero que entonces era el non plus ultra, al menos teniendo como antecedente que la primera TV que tuve era una K2 en blanco y negro a la que había que cambiarle de canal usando una pinza.
Esa época de mi vida (como casi cualquier cosa de la niñez) pasó de manera nebulosa aunque muy divertida, hasta que por una aciaga travesura de mi hermana, la consola Atari quedó inservible. Bien dicen que no hay mal que por bien no venga y después vino un Nintendo a resarcir la ausencia. Sin ser yo un niño impresionable, debo admitir que me quedé pasmado por las imágenes en pantalla y lo que me parecía una maravillosa colección de videojuegos encabezada por Mario Bros. Si no mal recuerdo, mi devoción a esta consola duró hasta que por obra de los juegos piratas taiwaneses que compraba en un mercado sobre ruedas cercano a mi casa, el Nintendo pasó a mejor vida.
Los inicios de la década de 1990 me trajeron tiempos menos felices, empapados por dilemas existenciales y la escuela secundaria, que bajo la égida de los sacerdotes salesianos habría de llenar casi todo mi tiempo disponible. Sin embargo, justo antes de que la adolescencia acabara por devorar mis años hizo su aparición una consola Súper Nintendo que me llenó de horas bastante divertidas jugando Súper Contra y el tan ansiado (y por no pocos condenado) Street Fighter II, juego que a decir de los entendidos les hizo perder su inocencia, tanto por la brutalidad de las peleas como por la entonces encendida sensualidad de la peleadora Chun-Li (¡qué tiempos aquellos!).
En el frente de los videojuegos portátiles debo decir que tuve dos experiencias derivadas de un conflicto familiar. Dado que mi hermana en un momento de su vida le habían regalado un Gameboy que no me dejaba usar y celoso del juego que no podía tocar ni con el pétalo de una rosa decidí presionar a mi padre hasta que me hizo llegar un Game Gear, un videojuego que actualmente es casi una curiosidad arqueológica y de coleccionistas, pero que en su momento era el videojuego portátil más innovador debido a que era de los primeros en contar con una pantalla a color.
Sin embargo, el gusto me duro muy poco tiempo ya que el consumo de energía de dicho aparatito también consumía mi escaso presupuesto en pilas que la dichosa maquinita tragaba como si fueran botanas. Con esa última experiencia terminó mi etapa como jugador de videojuegos y no fue sino hasta 1994 cuando conocí dos inventos que habrían de llenar mi tiempo de manera más satisfactoria: una computadora Apple Performa 575 y una conexión telefónica a la entonces casi desconocida Internet.
Así pasaron casi 10 años, limitando mis experiencias video lúdicas al juego de Sim City donde uno se la pasa construyendo una ciudad y llevando la vida de sus ciudadanos por buen (o mal) camino. Y antes de pasar a la dichosa reconciliación me gustaría agregar que todo el que ejerce algún puesto de gobierno debería de jugar este juego, ya que allí es donde uno aprende que las frivolidades y las malas decisiones pueden afectar la vida de miles de personas. Paréntesis aparte, pasaron de noche para mí las sucesivas revoluciones de la tecnología en los videojuegos, la sofisticación de las tramas de las (hay que administrarlo) simplonas narrativas detrás de Mario Bros hasta los linderos del horror psicológico de Resident Evil y Silent Hill.
En fin. La cosa es que, convencido por un artículo de una amiga periodista decidí volver a mi vieja diversión comprándome una consola de videojuegos de última generación. Sin embargo me topé con que en la década que había pasado el mundo de los videojuegos había cambiado de manera radical. Ahora los videojuegos también se habían desarrollado y dejado definitivamente su aura de juguetes para niños para dar paso a una nueva generación de videojuegos hechos para un público adulto más fanático de pensar la siguiente acción a realizar que a matar marcianitos a diestra y siniestra.
Así las cosas, y con todo el dolor de mi corazón me compré una consola Xbox. Y digo que lo hice con todo el dolor de mi corazón porque quienes me conocen saben que no soy amigo ni de Bill Gates ni de su empresa ni de los productos que hace. Sin embargo, debo admitir que al realizar esta consola tuvo en mente el mercado de los video jugadores adultos como yo, que definitivamente no volverán atrás a los juegos que traten sobre brincar hongos o resolver crucigramas, y lamentablemente Nintendo se quedó en este sentido atrás, sin intentar atreverse a dar el salto hacia la madurez (aunque supongo que tendrán razones de peso para sostenerse ahí).
Habrá quien me diga que la competencia de Sony era una opción mejor, y créanme que lo reflexioné mucho, pero la actitud de Sony respecto del mercado mexicano deja mucho que desear y desde hace un par de semanas casi todas mis mañanas después del desayuno le dedico una horita a avanzar un nivel nuevo de Halo o ganar una carrerita más de Gotham Project Racing 2. Ya les contaré como me va en esta reconciliación con la consola, aunque de antemano les cuento que traigo un dolor de cóccix que… ¡auch!
… y ahora sí, la Nada
La última vez que me tomé el tiempo para escribir sobre estos asuntos el escándalo de los Bejaranovideos estaba en plena erupción, pero todavía la cosa se encontraba dentro de las fronteras familiares del escándalo nacional, sin siquiera imaginar que la cosa tomaría un giro inesperado cuando el asunto Bejarano-Ahumada salió de nuestras fronteras para aterrizar, de todos los lugares del mundo, en Cuba.
Dado que nuestro gobierno federal había resuelto ya todos los problemas que aquejaban a la nación, decidió emplear la coyuntura para ajustar cuentas con Fidel Castro, darle un par de nalgadas al PRD por hacerse de malas compañías y reafirmar la dignísima postura de México respecto de los derechos humanos en la isla. ¿Resultado? Todo se hizo con tanta chambonearía e inexperiencia que los secretarios de Gobernación y Relaciones Exteriores apenas pudieron balbucir argumentos mal cohesionados cuando la respuesta de Fidel vino en forma de un paquete de prófugos envueltos para regalo destinado al Peje y un video que mostraba a Ahumada metiendo “la puntita nada más”. ¡Ah!, y como regalo adicional se incluyó en la cuerda a quien se dice dueño del paraje San Juan, cual cereza en el pastel.
Después de eso vino el siguiente escándalo de la temporada en forma de terreno mal restituido y la demanda para desaforar al Peje por desacato en un proceso legal que estuvo en el refrigerador por años durmiendo en las gavetas de los juzgados y que es revivido cuando menos se le esperaba, es decir, hoy. Como para estas alturas ya nadie cree que las cosas ocurren porque sí, y siguiendo su eficiente táctica de defenderse “escapando hacia adelante” Peje ha descrito lo que sucede como el último capítulo del complot que lo aqueja. Lo peor es que no hay forma de refutar fácilmente eso: después de reuniones engalanadas por personajes como el Jefe Diego, achichincles del Procurador de Justicia, el Cisen, el PAN y un reparto digno de Viernes Santo; no hay forma lógica de decir que la ley está trabajando de manera imparcial y neutral.
Al quererle hacer un favor a Fox, o a Santiago Creel o al panismo o a la justicia, se ha terminado por crear una ensalada de elementos indigeribles que le hacen pensar al ciudadano de a pie que la justicia más bien está a la orden de quien la pueda mandar. Además, todo indica que le han regalado en ensaladera de plata a AMLO (convertido en un Pedro el Ermitaño tabasqueño) el argumento que todo político pide tener en tiempos de crisis: un enemigo externo que unifique las facciones contra la amenaza inminente y externa. ¡La izquierda así lo quiere!
Y mientras en la pista número uno el público observa este espectáculo, en la pista número dos la gente se arremolina para ver cómo el coordinador de la fracción del PVEM entra en la casa de Big Brother. Algunos ven esto como un lamentable síntoma de que los políticos y el espectáculo han entrado en un concubinato lamentable (se tardaron en admitirlo), aunque otros (como un servidor) creemos que al menos ha tenido el arrojo (no por nada es un noquea bultos consumado) de hacer lo que muchos de sus compañeros sueñan en sus curules: lo que se les pega su repinche gana.
¿Y Michael Ende qué tiene que ver en esto?
Casi todos vimos en nuestra infancia la película La Historia sin fin (escrita por Michal Ende) en la que el protagonista Bastián trata de detener la destrucción del reino de la fantasía por parte de una fuerza sin personalidad ni escapatoria que todo lo devora, destruyéndolo todo, absorbiéndolo hacia la negrura de la nada. Es la Nada que lo invade Todo, sin escapatoria, sin prisa ni pausa.
Lo mismo pasa con el país; concentrado en la chunga, el carnaval y el cinismo nadie la Nada se esparce por el país, extendiendo su manto de oscuridad sobre nuestras cabezas. ¿Tremendista? A lo mejor, pero piensa en lo siguiente: después del circo que vemos todos los días en la televisión, es como el país estuviera siendo invadido por políticos de la Nada, por empresarios de la Nada, por ciudadanos Nada, por movimientos sociales Nada. La Nada, señores, es la plaga que nos invade. Se supone que debemos llenarla con Algo, pero a decir verdad pocos quedan con energías para llenar el vacío de ideas, de acciones, de inteligencia. Es mejor entregarse al sopor de la Nada lentamente, sin siquiera parpadear… es hermosa, es tibia, nos mata por omisión y es implacable. Yo no me siento con ganas de pelear esa guerra, ¿y tú?
¡Que she nosh casa Letizia!
Yo nunca he podido comprender la fascinación que ejerce la monarquía en países que en otras condiciones podríamos llamar más desarrollados que el nuestro. Su proclividad por mantener gordos y saludables a una ristra de personas de la “realeza” me parece ilógica e irracional. Sin embargo, en el intento por dilucidar esto me aventé varios especiales sobre la monarquía española que aparecieron en la televisión. De lo poco que me quedó claro el rey y su familia son más que personas que ejercen algún cargo hacia el Estado; más bien el rey representa él mismo el Estado español.
Así las cosas, los avatares de la familia real son en cierto sentido una suerte de espejo de la sociedad española que al vivir sus aventuras y desventuras, éstas se funden con el destino del pueblo español. Así explicado no entiendo nada, pero me queda claro que los españoles son una sociedad boyante que se puede dar el gusto de mantener una familia real que se funde con ellos en celebraciones especiales y otras ceremonias del mismo talante. Y dado que no soy ciudadano español sólo puedo decir que es muy su gusto tener una Corte que les amenice la vida gracias a las revistas del corazón a un costo que juzgo demasiado alto. ¡Ole por ello!, ¡y que viva la República!
JC: Final de gloria modesta
A principios de la década de 1990, el nombre de J.C. Chávez estremecía a las masas con su poderoso toque de box. Convertido en el bofe preferido de nuestro señor Salinas, J.C. no dejó de ser convidado a la casa presidencial para señalar que con trabajo duro sí se puede. Sin embargo, como miles de boxeadores alrededor del mundo, dejó que su fama se esfumara entre victorias sobre personajes cada vez menos competentes, una vida personal sumergida en polémicas estrambóticas y como consecuencia, una calidad boxística menguante.
Así las cosas, J.C. se ha retirado para siempre del ring, en una pelea contra un viejo rival que derrotó por segunda ocasión en un evento que pasó casi desapercibido dada la saturación que la boda del siglo (así la llaman con descaro) y la última de los diputados causa en los medios de comunicación. Paradójico que su final quede reseñado en los interiores de los periódicos mientras entes venidos de otra dimensión toman control de la nación y del universo en nuestra galaxia reality.
Notas relacionadas







Mayo 25, 2004 18:22
Je je Pensa, cuando nos invita a jugar en su XboX, ahora si ya te trago el señor microsoft (asi con minuscula),
Dicen que si es una experiencia religiosa, en eso se puede jugar el simulador de vuelo?
Saludos Pensita
Mayo 30, 2004 17:15
mil felicidades para el pensador,he leido tus articulos sigo pensando lo mismo…me agrada tu forma de pensar y escribir,besos para ti.