Gritando que es gerundio. -Cabaret Voltaire
![]() 28 de junio de 2004 Por Leonardo Peralta* Un abrazo para Charlie Cardona Se suponía que la marcha contra la inseguridad (bautizada como Salvemos a México) sería silenciosa, pero el propio ruido de la manifestación lo hizo imposible. Cientos de miles de mexicanos crearon con su sólo paso un murmullo que se convirtió en gritos contra quienes han fallado en ofrecer garantías de seguridad, básicas para el funcionamiento de cualquier sociedad civilizada. Pancartas de todos sabores pedían de todo, desde la atención de demandas específicas en la resolución de crímenes (algunos verdaderamente atroces) hasta el establecimiento de la enseñanza de los dioses prehispánicos y el psicoanálisis generalizado de la sociedad. |
El ruido de la casi media docena helicópteros que pasaban encima de la multitud de manera insistente le agregaba un aire de dramatismo a la marcha. Docenas y docenas de periodistas (entre los que me cuento, humildemente) recogíamos en la medida de lo posible los clamores, quejas y demandas de la interminable muchedumbre que no se amilanó ante el sol de justicia que caía sobre la ciudad y quienes protestaban. Un río de gente interminable se agolpaba frente al Palacio Nacional y al viejo edificio del Ayuntamiento capitalino gritando consignas de todo tipo, como en los tiempos de la Colonia lo hacían las muchedumbres cuando la escasez de maíz asolaba a la capital de la Nueva España.
Y también es cierto, las clases medias y altas salieron a las calles: bien vestidos y en coche llegaron decenas de miles de ellos sorprendidos quizá de la experiencia de salir a exigir a la calle, de caminar por el pavimento (una buena parte de ni siquiera camina a la esquina por el pan) y sentir lo que es gritar y elevar pancartas al cielo. Sin querer, mucha de la gente que ha abandonado la política por todo lo negativo que se le asocia actualmente volvió a ella de la manera más básica y simple: exigiendo el cumplimiento de sus derechos.
Con una educación admirable (considerando que esta ciudad ha visto pasar por sus calles vándalos de todo tipo durante las manifestaciones) los miles de caminantes se limitaron a eso, a caminar a lo largo de decenas de kilómetros llevando pancartas y mantas donde se exponían de manera breve casos de secuestros, asaltos y asesinatos que han sufrido. En unas líneas de texto la gente expresaba su drama y su impotencia ante la inacción de las autoridades y sus peticiones que iban de lo simple hasta lo evidentemente complejo. De cualquier modo, el peso de la multitud es algo que no se olvida fácilmente y es de desear que los poderes que rigen el Estado mexicano actúen en consecuencia.
Desafortunadamente, lo que las pancartas decían y lo que a gritos se reclamaba es también un reflejo de la incertidumbre que vive nuestro gobierno: en realidad no existe y no se siente que haya ideas claras y estructuradas en cuanto a la manera de combatir el crimen. Y no existe una estrategia clara porque los mecanismos que se encuentran detrás de la acción criminal, de las estructuras sociales y operativas de la delincuencia en nuestro país permanecen en buena medida ocultas y desconocidas. Nadie sabe con precisión la influencia del entorno económico en el aumento de los crímenes; no se tiene una idea clara de hasta qué punto la cultura y la educación (o mejor dicho su ausencia) han pavimentado el camino para que secuestradores y ladrones actúen a sangre fría.
Inclusive, existe un desconocimiento del fenómeno de la criminalidad porque no tenemos una estrategia para el estudio serio, documentado y académico de la criminalidad. Pese al tamaño abrumador de la Ciudad de México, ninguna de sus instituciones de educación superior poseen algún departamento académico (ni hablar de una carrera) especializado en asuntos relacionados con la criminalidad y su combate. El desconocimiento genera incertidumbre, la incertidumbre crea miedo y el miedo termina por llevar a la gente a la desesperación y a la irracionalidad.
Las pancartas que solicitaban la pena de muerte a los criminales condenados por crímenes como el secuestro, la petición de la castración a los violadores y el establecimiento de la mano dura son las respuestas de una población aterrada que piensa que aumentar el tamaño de la horca podrá amedrentar a los criminales, cuando estudios realizados en países como los Estados Unidos demuestran que los índices de criminalidad no se ven afectados por la amenaza de una pena tan radical y definitiva como la ejecución.
Por otro lado, y derivado de lo anterior, ha quedado claro, ante las elecciones del año 2006 que uno de los temas que podrán influir a los votantes en ese momento será la postura que presente en el combate al crimen. Un candidato que demuestre preocupación por los asuntos de seguridad y que ofrezca la solución de mejores resultados (en plazos más breves) seguramente podrá hacerse de las preferencias electorales, justo en una elección que se vislumbra como reñidísima. Por ello, junto con el reclamo de los miles que marchamos es necesario hacer un gran hincapié en la necesidad de comprender muy bien la situación que se vive y las soluciones que se pueden implantar con el fin de no terminar apoyando soluciones que largo plazo sean más costosas para la sociedad que los problemas que pretenden resolver.
Un gordito contra Bush
Si, lo admito: detesto a George Bush y a su gobierno lleno de republicanos conservadores llenos de traumas, prejuicios y un discurso indigesto de mesianismo aderezado con un etnocentrismo “made in Hollywood“. Sin embargo, el tema de estos párrafos no soy yo, sino Michael Moore, uno de los más persistentes dolores de cabeza de George W. Bush (W Para los cuates). Su último documental, Fahrenheit 9/11 se ha convertido en un fenómeno de taquilla, al mismo tiempo que una demostración del poder del cine como herramienta política.
Este documental (que apenas tiene unos días de haber sido estrenado en los Estados Unidos) ha atraído la atención del mundo por los temas que trata (los entretelones de la elección de W, su actuación durante los atentados del 11/9 y durante la guerra contra Irak). Y hay que decirlo con todas sus letras; Michael Moore ha creado una pieza de propaganda audiovisual no vista desde hace décadas que seguramente impactará la percepción de muchos votantes en las elecciones de noviembre en los Estados Unidos.
Lo chistoso es que, pese a su oficio como documentalista, Michael Moore tiene la facha de un gringo hamburguesero típico, con cachucha y todo. De hecho esa ha sido quizá una de las claves de su éxito: no se asume como intelectual contestatario ni acude a frases pomposas de filósofos deconstructivistas; simplemente se muestra a sí mismo como un gringo encabronado por el estado de las cosas y que muestra la idiotez de quienes gobiernan su país. Al estilo de la reality TV muestra imágenes de la realidad norteamericana mezcladas con los testimonios mostrados por la televisión y él mismo como protagonista de confrontaciones disfrazadas de entrevistas que van con todo de frente y que no dejan títere con cabeza.
Es de agradecer que el documental cinematográfico (un género que durante mucho tiempo ha vivido encovachas y esquinas) pueda convertirse en un medio por el cual hablarle a las grandes capas de la población sin pasar por el tamiz embrutecedor de buena parte de la televisión noticiosa que campea por estos días. Bien por el gordito Moore.
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Junio 10, 2005 16:01
hola, como miembro de la familia Cummings te doy las gracias, no puedo creer que ya sea un año de esto …