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Marta: el mundo sin ti. -Cabaret Voltaire

Marta Sahag�n
19 de julio de 2004
Por Leonardo Peralta*

Está bien, admito que he seleccionado un tema muy repasado: no ha habido escritor que alzara la mano para defender el cuerpo tirado de la primera dama Marta Sahagún, quien el pasado 12 de julio se vio obligada (con todo lo que la palabra conlleva) a desistirse de la intención de postularse como candidata a la Presidencia de la República. La ristra de escándalos descubiertos entre la Lotería Nacional, la Fundación Vamos México y otras organizaciones cercanas a su círculo de influencia la llevaron a un punto crítico ante las acusaciones de que su ambición insatisfecha de poder estaba por arrojarla junto con su esposo (y presidente nuestro) al caño del desprestigio cuando no de la barandilla judicial.

Justo antes de la caída de las aspiraciones martianas, algunos defensores de última hora escribían que todo este asunto se había vuelto una injustísima bola de nieve contra la primera dama dado que se le criticaba por provinciana, clasemediera y poco refinada, cosa imperdonable en los círculos de la intelectualidad y de la política. Y quizá no les falte razón, en nuestra sociedad tan extremadamente polarizada la clase social sigue siendo elemental para ubicarse en la pirámide nacional y los méritos casi siempre vienen de la mano de amigos, compadres o arreglos familiares a modo que intercambian poder económico por necesarísimo pedigrí.

Considerando que hace apenas una década Marta Sahagún era una ama de casa de provincia que atendía la farmacia veterinaria de su primer marido y cuya ropa era comprada por medio de amigas fayuqueras (con un gusto más allá de lo sencillo) es entendible que algunos de los más rancios linajes de nuestro país sintieran prurito al estrechar una mano que hasta hace bien poco tuvo una idea de lo que significaba el savoir faire. Para colmo de males, la primera dama no ha destacado por su cultura o por su buen gusto y una de las entrevistas más sinceras que concedió lo hizo a una revista de telenovelas a la que le confesaba que desde sus días de esposa abnegada era asidua del tema.

Sin embargo, la historia nos ha enseñado también que las clases altas tienen una gran capacidad de adaptación cuando no tienen el sartén por el mango y pueden sin problemas aceptar en la pandilla a nuevos miembros (por vías del poder o del dinero) aunque no hayan conocido antes la dicha de la prosa de Flaubert, las sutilezas del impresionismo pictórico o el delicado sabor de unos escargots a la bourguignonne; y para quien tenga dudas le recomiendo lea “La región más transparente” de Carlos Fuentes o “Paraíso 25” de Luis Spota.

Así pues, estoy convencido de que la única responsable de la caída de Marta Sahagún ha sido la propia Marta Sahagún. Su ambición por el poder, su ánimo por aprovecharse de las estructuras de gobierno para sus muy particulares fines y la cachaza para reaccionar apropiadamente ante el descubrimiento de la estructura de poder que cultivaba en torno a su persona fueron las que hicieron que la cosa saltara de la sección de sociales a la sección de justicia. De cualquier modo, los nacos habremos de pasar sin pena ni gloria por este mundo, pero las 300 familias patricias que rigen este país permanecerán.

Y una pregunta capciosa: ¿podrá sostenerse económicamente la Fundación Vamos México después del fin del presente sexenio?

Irán al patíbulo

Pues bien, cuando todo parecía que la hoguera del Medio Oriente no podría arder con más intensidad llegan inquietantes noticias sobre una posible ayuda que Irán le prestó a los terroristas del 9/11 permitiendo su paso a través del país, meses antes del 11 de septiembre, sin atravesar controles migratorios. Las implicaciones de esta información, hecha públicas a inicios de la presente semana, no son alentadoras: con un presidente norteamericano ante una elección presidencial más reñida de lo planeado originalmente, bien podría ser esta una oportunidad para darle impulso a su política dura frente a Irán; país miembro del Eje del Mal que George W. Bush ha ubicado en los primeros lugares de su lista de enemigos.

Irán y los Estados Unidos han vivido una confrontación que lleva más de tres décadas de duración y que se ha tornado más delicada recientemente porque Irán (gobernado por un régimen ultra religioso islámico enemigo declarado de Israel y los Estados Unidos) está desarrollando tecnología nuclear con potenciales aplicaciones militares. Así las cosas y con más de 100 mil soldados norteamericanos del otro lado de la frontera iraní la tensión puede convertirse fácilmente en un incidente bélico que pueda detonar una guerra a gran escala. Un panorama poco grato pero que bajo las condiciones actuales (y los sueños descabellados de los achichincles del actual presidente norteamericano) podría convertirse en otro pretexto para unir a unos Estados Unidos atemorizados y llevar al pueblo a apoyar a su gobierno en un momento de crisis (con todas las consecuencias que conlleva).

Desafortunadamente en el ya de por sí complicado panorama del Medio Oriente, los ecos del 9/11 siguen creando amenazantes nubarrones cuya sombra se extiende al mundo entero.

¡Póngase la camiseta! (pero antes firme su renuncia)

La última campaña del gobierno para promover algo que denominan Nueva Cultura Laboral (así con mayúsculas) transita entre la inocencia y la imbecilidad. El argumento de los comerciales de la campaña que han aparecido es una especie de conminación a “ponerse la camiseta” de las empresas para que ellas se vuelvan generosas por un acto tan simbólico y apreciable.

En este mundo centrado en la competitividad, donde las empresas recurren más frecuentemente a los servicios de outsourcing, donde la estabilidad laboral se desvanece ante los imperativos del recorte de costos, donde las empresas se desdoblan en subsidiarias para eludir el pago de impuestos y de utilidades, me parece que estos comerciales no solamente atentan contra el buen gusto, sino que desafían la lógica de nuestros tiempos pragmáticos ya que dudo que algún empresario abra su corazón conmovido al ver que sus empleados se colocan la camiseta de la empresa como un acto de amor.

Guerra sucia o ¿quién paga el pato?

En estos días la justicia mexicana enfrenta uno de sus más difíciles dilemas: determinar la consignación de posibles responsables por crímenes contra la humanidad durante los años de la Guerra Sucia, especialmente en las décadas de 1970 y 1980. Las implicaciones de la decisión que tomen los encargados de la justicia nacional sobre el particular no son menores. Por un lado se habla de hacer justicia frente a los criminales que desde el estado acabaron con la vida de centenares de personas bajo condiciones crueles e inhumanas. Por el otro lado se habla de pisar un callo que a estas alturas es irrelevante e implicaría molestar a los militares, que pese a todo, se han mantenido desde el final de la Revolución al margen del poder político, contrario a los actos de sus colegas en el resto de Latinoamérica durante el siglo XX.

Así las cosas, tenemos dos posturas en aparente confrontación; por un lado el deseo de pedir la reparación del daño y por el otro lado la búsqueda del perdón y de la paz que puedan llevar a la reconciliación. Sin embargo, para que haya perdón es preciso también que haya conocimiento de lo ocurrido y en realidad ese hurgar en el pasado, en los archivos y las mazmorras es un trabajo harto complejo y sin duda amargo ya que remover papeles es desempolvar recuerdos tristes que llevan al enojo y la ira, que a mi juicio, están más que justificadas.

Al igual que con Augusto Pinochet, el bando de quienes pugnan por el perdón sostienen que nada se gana con llevar viejitos a la cárcel, que es inhumano hacer que posen para la ficha carcelaria ancianos para quienes los achaques de la edad les constituyen mayor sufrimiento que estar vestidos con el color beige de preso. Se habla de que el mejor castigo es la carga moral de haber hecho mal, aunque fuese defendiendo lo que en un momento se pensaba correcto y justo.

Una postura más cercana con la reconciliación para todos plantea que si en el pasado se otorgaron amnistías a los guerrilleros (que en ocasiones cometieron crímenes igual de graves), sería buena idea equilibrar la ecuación por medio de otra amnistía, nomás que sólo para militares. Desafortunadamente hay heridas y sangre que cobrar, por lo que no se ve una solución sencilla o que deje a todos satisfechos. Sin embargo, me parece saludable levantar la tapa a uno de los períodos más tristes y sucios de la vida en México… y quizá la idea del perdón sea buena, siempre y cuando la justicia determine culpables y castigos ya que considero que sólo desde una postura donde la autoridad es fuerte puede ser capaz de otorgar el perdón; de lo contrario sólo veremos un capítulo más de la justicia en manos de la política y de la ofensa a las víctimas de aquellos años, en ambos bandos.

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