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El año linchado y una visita al Cono Sur. -Cabaret Voltaire

Navidad
20 de diciembre de 2004
Por Leonardo Peralta*Por fin este año llega a su final; después de meses de presenciar docenas de vergonzosas escenas en nuestra televisión; desde Michelle Vieth hasta René Bejarano, pasando por los horrores (dolorosamente literales) provenientes de Tláhuac e Irak. Ahora tenemos ante nosotros un par de semanas para descansar en casita, mirar las cosas desde una distancia más o menos despasionada mientras apuramos una taza de ponche de frutas con el correspondiente piquete mientras el invierno tiende su manto helado (y su sábana contaminada de inversión térmica) sobre este valle de contaminadas lágrimas. Pero vayamos por partes:

Una (triste) historia de espías

Si algo ha quedado claro después del lamentable asunto de los policías linchados en el pueblo de San Juan Ixtayopan es que las antiguamente temibles fuerzas de inteligencia de nuestro país se han vuelto tan torpes que rozan los límites de la farsa. A medida que se descubren los entretelones del linchamiento sabemos que los agentes asignados a la misión (supuestamente secreta) habían sido descubiertos desde semanas por todo mundo: la comunidad, las autoridades de la delegación, las autoridades escolares y muy probablemente por quienes se suponía tenían por objetivo investigar (miembros de grupos radicales, muy probablemente guerrilleros).

Armados con una cámara enorme de tecnología antediluviana los agentes (supuestamente en misión secreta) fueron enviados a un pueblo donde todos se conocen durante días enteros a pasearse por las estrechas calles de la localidad a paso lento, para que todo mundo se diera cuenta de su presencia. Al final, los agentes terminaron cansando la paciencia de los linchadores y bajo el grito de ¡robachicos!, fueron acorralados los agentes por una turba y finalizaron sus vidas en un cadalso improvisado a las afueras de la escuela Popol Vuh (por cierto, llamado en español Libro del Consejo).

No se ha aclarado todavía (en la segunda quincena de diciembre) si la turba fue guiada o si las cosas se dieron de manera espontánea. Ninguna hipótesis ha perdido validez hasta el momento, pero lo que va quedando claro es que los agentes fueron enviados a una misión cuya naturaleza demandaba máxima discreción. Cualquier agente enviado a realizar una investigación (sea del talante que sea) debe mantener un enorme sigilo sobre sí mismo y sobre su misión. Al haber violado esta máxima, los agentes se descubrieron y quedaron expuestos a las represalias del pueblo (o de sus ocultos homicidas).

Lo que ocurrió después fue de pena: comenzando por las autoridades locales (policía y autoridades delegacionales) que llegaron poco, mal y con una errada visión de su propia misión (su intención de negociar primero con la gente da cuenta del poco aprecio que las autoridades tienen sobre su propia autoridad) y con más ganas de escurrir el bulto que rescatar a los policías, con la conclusión de su letal retardo.

Pero en el ámbito federal no se quedan atrás: los agentes, desconectados de su base y aislados de cualquier apoyo fueron abandonados a su suerte mientras sus mandos superiores se daban el lujo de decir que la situación estaba bajo control y detener la acción de sus preocupadísimos compañeros que ya se organizaban para ir al rescate. El argumento de que los helicópteros pudieron ser derribados a pedradas sería cómico de no haber tenido tan funestas consecuencias y para acabar pronto, las autoridades se han deshecho en excusas para eludir la razón verdadera de los homicidios: las policías (así en plural) no tuvieron el ánimo de hacer valor su autoridad.

Ahora que algunas cabezas han rodado (no de muy buena gana por parte de los afectados), las cosas se ven con más calma y dejan inquietantes reflexiones: las autoridades capitalinas no tienen muchas ganas de ejercer la autoridad cuando su fuerza entra en conflicto con lo que sienten como el “sentimiento del pueblo”. En su ánimo de llegar al poder y no mancharse las manos (haber asumido la autoridad para rescatar a los agentes hubiera implicado muertos y heridos), el gobierno capitalino encontró más cómodo recurrir a tácticas que, evidentemente, no tenían lugar en una situación de dicha naturaleza (¿quién en su sano juicio puede negociar algo con una turba?).

Finalmente, como lo mencionan periodistas como Jorge Fernández en el diario Milenio, los únicos (probables) ganones fueron los supuestos extremistas: una vez eliminada la investigación que se seguía en su contra, muy probablemente pusieron pies en polvorosa antes que las autoridades (finalmente) decidieran invadir el pueblo. ¿Resultado? Los servicios de inteligencia perdieron dos agentes y pistas útiles, el gobierno de la ciudad perdió a un responsable de la policía que parecía estar haciendo las cosas de un modo relativamente correcto, el gobierno federal escaló otro peldaño más en su bronca contra el gobierno capitalino, dos familias perdieron a sus seres queridos, más de medio centenar de habitantes de San Juan Ixtayopan están en la cárcel o prófugos y los chilangos… bueno, al fin y al cabo nadie va a dejar la ciudad por un par de linchados, ¿o si?

El mal en la esquina

Una de las cosas inesperadas que ocurrieron mientras me encontraba en el exterior fue que el diario Reforma destapara que apenas a una colonia de mi casa vivió durante 18 muy tranquilos años el Donaldo Álvarez Ruiz, ex Ministro del Interior de Guatemala a inicios de la década de 1980 y autor, entre otras lindezas, de la muerte de varios familiares de Rigoberta Menchú, la desaparición de la intelectual Alaíde Foppa, la toma a sangre y fuego de la embajada española en Guatemala en 1980 y docenas de crímenes más.

Casi a diario, durante los últimos 12 años que he vivido en mi barrio he pasado frente a casa del asesino. Y créanme amigos: nunca pareció la casa de un torturador. A lo mucho lo único que se le podía achacar era de tener un gusto espantoso para pintar de verde (pistache) su casa. Mi madre me comenta que la esposa del torturador era conocida en la iglesia del rumbo como mujer devota que inclusive se llegó a encargar de las lecturas durante la celebración litúrgica. Del esposo sólo se sabía que era un hombre discreto y poco dado a las alegrías, perfil típico de cualquier persona de edad que habite estos lares clasemedieros.

Y sin embargo, el asesino estaba entre nosotros. Como suele pasar, esta clase de cosas impacta de gran manera aquellos sitios diseñados para que nada pase (como es el caso de los suburbios) ya que se piensa que el mal tiene por definición fea cara. El criminal lo pensamos en términos de una persona malencarada, con barba de más de tres días, ojos negros y mirada torva con intenciones malévolas. Un par de ancianos no parece representar algo amenazador o sucio, sobre todo cuando uno sabe que sus nietos andan en triciclo por las banquetas de la colonia, pero resulta que el hombre era nada más ni nada menos que un fanático de la tortura y un administrador entusiasta del tormento para la defensa de lo que consideraba justo y bueno (sin pensar por un instante que hacer el mal para defender el bien es una enorme contradicción).

Leyendo los testimonios de los torturados, mirando cómo los agentes de la AFI han entrado en (demasiada tardía) acción allanando la casa del genocida, no puedo menos que pensar que la naturaleza del mal radica en el tuétano del ser humano. Leyendo sobre este caso u otras matanzas (como la acaecida en Ruanda hace ya una década y para el que recomiendo el libro Una temporada de machetes, de Jean Hatzfeld) nos percatamos que gente con apariencia normal, común y corriente puede ser llevada en pocos momentos de una intensa camaradería a una sed sangrienta insaciable. Pero lo más impresionante es cómo personas que ejercen el mal pueden vivir como ciudadanos ejemplares sin mayor conflicto, rehaciendo sus vidas sin siquiera pensar en que puede llegar (como fue este el caso) el día en que la memoria se cristalice en forma de acusación, de señalamiento y, en última instancia de persecución, cárcel o destierro.

Ese es el dilema del genocida, pero para los vecinos del torturador queda una labor no menos difícil: ¿qué hacer ahora?, ¿rechazar al asesino?, ¿señalarlo con el dedo?, ¿lapidarlo?, ¿y la familia?, ¿qué debe hacer la iglesia del barrio?, ¿será necesario olvidarlo todo y pensar que nada pasó?, ¿cómo remendar esta ruptura?, ¿cómo ver a la cara a los hijos y nietos del asesino?, ¿hay que perdonar?, ¿cómo perdonar?, ¿podemos perdonar? Por mi parte (y como dicta mi muy mala conciencia cristiana) sólo queda esperar a que el engranaje de la justicia machaque al asesino sin prisa ni pausa y que Dios (si es que existe) perdone a su familia por el calvario que le deparan los días por venir.

La vida al sur

Entre los días 3 y 13 de diciembre estuve en Sudamérica para conocer las experiencias del transporte confinado en las ciudades de Curitiba, Brasil y Bogotá, Colombia. Pero más allá de la experiencia de ver camiones operando y transportes puntuales, lo que más llamó mi atención fue que en esos rumbos del mundo la gente tiene una actitud de optimismo que contrasta con el desaliento y cinismo que los chilangos cargamos con nosotros.

Escuchar a paulistas y curitibanos sobre la necesidad de crear alternativas al desarrollo enfocado en el norte o a bogotanos sobre las formas de remediación institucional que han creado para paliar la terrible pobreza que se vive dejan que pensar sobre la enorme capacidad que tiene la gente de sobreponerse ante la adversidad. Colombia y Brasil son países que han atravesado períodos terribles en su historia donde han menudeado dictaduras, narcotráfico y guerrilla, amén de tremendos niveles de polarización social, revueltas varias y pobreza lacerante. Ante todo ello han tenido la década de 1990 para reorganizar sus sociedades para resolver problemas que, en términos mexicanos, quedan tan lejanos como el siguiente video de René Bejarano y amigos.

Al ver como funcionan dichos países (en Brasil el voto es obligatorio y las multas de tráfico son enviadas por correo al domicilio de los infractores y el Colombia la gente ordenadamente se sube a los autobuses Transmilenio y apoya al alcalde en su decisión de crear un parque en el antiguo barrio miseria de El Cartucho) uno se queda con la idea de que los problemas de un país se resuelven, más que con dinero, con la voluntad de un gobierno de ideas claras y una población en sintonía que está dispuesto a pagar el precio a corto plazo de beneficios a largo plazo. Desgraciadamente nuestro país se encuentra sumergido en la vorágine del caos y la ambición que hace que los políticos prefieran llevarse por delante lo que sea y a quien sea con el sólo afán de llegar al poder para servir a ciudadanos exhaustos por los exabruptos y abusos del poder y los poderosos. Qué pena.

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  • Una respuesta to “El año linchado y una visita al Cono Sur. -Cabaret Voltaire”

    1. Gabriel EB
      Enero 9, 2005 13:54
      1

      Agradezco las palabras sobre, Bogotà (de donde soy nativo y residente).
      Lo que viste en Bogotà, no es resultado del alcalde de turno, sino de una serie de mandatos que buscaban hacer del residente una persona que se apropiara de su ciudad, que la quisiera, ya que nadie cuida lo que no quiere.
      Esto fue un proceso de 3 mandatos (12 años) pero ha llegado a feliz termino, aunque cada quien tiene sus ideas con el alcalde de turno, todos tenemos una idea acorde con la ciudad que queremos, y esto va en el pueblo, no en los regentes.
      Un ejemplo son las veedurias ciudadanas que somos ciudadanos cuidando la plata de Bogotà de las manos de los corruptos y auditando las cuentas y asignaciones de partidas. Seguro en Bogota hay corrupciòn pero es cada vez màs dificil ser corrupto, porque tienes màs ojos encima.

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