Ciudadana Hecha en México
Marcela Toledo fue mi compañera de generación en la universidad y hoy amiga. Después de algún tiempo decidió marchar a los Estados Unidos y ahora, después de varias peripecias, logró exitosamente obtener su ciudadanía estadounidense.
En estos momentos que se discute en el Congreso norteamericano la legalización de millones de indocumentados, muchos de ellos de México, le pedí a Marcela poder reproducir el siguiente artículo en donde ella relata su experiencia no exenta de desesperación, miedo, dolor, burocracia para, finalmente, poder jurar lealtad a la bandera americana al mismo tiempo que se extraña los olores, sonidos y aromas de la tierra que la vio nacer.
Aunque sientas esto lejano a ti, te pido lo leas.
Ciudadana Hecha en México
Marcela Toledo
Reportera
El 19 de mayo fue un día cualquiera para millones de personas en California. Pero para 7,061 solicitantes de ciudadanía y para mí, marcó nuestras vidas.
Creo que todos ellos, al igual que yo, esperamos esa fecha con nerviosismo y emoción. ¿Cuántos años de nuestras vidas aguardamos ese momento? ¿Qué tuvimos qué pasar para obtener el documento que nos avalara como ciudadanos de este país?
¿Lágrimas? ¿Sufrimiento? ¿Humillación? ¿Dolor? ¿Ausencias de presencias? ¿Miedo? ¿Desesperación? ¿Soledad? ¿Abandono?
Sólo Dios lo sabe. Y nosotros. Y quizá con nosotros quedará.
Nuestros hijos, bueno, los que tengan, no pasarán por ello. Los nacidos aquí no saben de esto, porque para ellos es algo natural. Fortuito. Es como ser bautizados en la iglesia católica. Basta pertenecer a una familia católica. Pero quienes desean cambiar de religión y convertirse tienen que pasar por un proceso de iniciación que les lleva hasta tres años –como lo hizo mi comadre china Lonnie.
Había obtenido mi residencia permanente y cumplido el tiempo requerido para solicitar la naturalización, así que en mayo pasado hice una cita en Caridades Católicas de San Luis Obispo (CCSLO), quienes ofrecían llenar las solicitudes gratuitamente –en otras partes cobran hasta $300 por el trámite. Pero sí tuve que desembolsar los $390 que cobra los Servicios de Inmigración y Ciudadanía.
Llenaron mi forma con todos los datos requeridos y dejé un par de fotos que en nada me favorecían.
Esperé un par de meses y me llegó la cita para que tomaran mis huellas digitales en la oficina del INS en Goleta. Iba emocionada. Quizá por eso mis deditos no se marcaban bien en la computadora.
Tras un silencio de tres meses, en octubre me llegó una carta del Servicios de Inmigración y Ciudadanía diciendo que tenía 15 días para contestar por qué no había acudido a la entrevista en Los Ángeles. ¿Cuál entrevista? ¡Sentí que se me paraban los pelos de punta! ¡Nunca me llegó la tal carta!
Así que con todo el miedo del mundo, llamé por teléfono y tras esperar cerca de 15 minutos e ir de un lado a otro –gracias a Dios y a mi esfuerzo aprendí suficiente inglés para defenderme– sólo me dijeron que enviara una carta para señalar el cambio de domicilio –aunque sólo fue de departamento, pues seguí en la misma dirección.
Lo peor vino cuando llamé a CCSLO y me dijeron que les habían dicho que mi caso estaba cerrado, pero que “podía solicitar nuevamente.” Mi solicitud había sido enviada al archivo general en Washington D. C.
No estaba decidida a renunciar tan fácilmente. Mi caso estaba plagado de errores por parte del Servicio de Inmigración y Ciudadanía –días y horas de entrevista.
Temblorosa de coraje y con un nudo del tamaño de una pelota de volleyball en el estómago, llamé a la oficina de la congresista Lois Capps. Era mi último recurso para no pagar de nuevo y esperar otro año más.
Un rayo de esperanza rompió la negra nube que opacaba mi cielo al hablar con Katie Miersemman, de la oficina de la congresista. Un par de días después recibí una carta con el membrete del Congreso. Capps la firmaba. El corazón me volvió al cuerpo.
Tres semanas después me llegaba una carta del INS para acudir a la entrevista final que consistía en asegurarse de que cumplía con los requisitos, el test cívico y de historia.
De la lista de 100 preguntas sólo me preguntaron diez, y puedo presumir que saqué un diez. La oficial me felicitó y me dijo que en unas semanas me llegaría la fecha para la ceremonia de juramento. ¡Guau! Es una pena que no tengo ninguna mascota si no, se hubiera hartado de oírme repetir: “¡voy a hacerme ciudadana!, ¡voy a hacerme ciudadana!…” Sigo recibiendo felicitaciones hasta la fecha…
Cansada pero contenta manejé ese mismo día las dos horas y media que separan a Santa María de Los Ángeles.
Y 23 días después, por la tarde, luego de mi ardua y laboriosa jornada de ocho horas de trabajo, manejaba hacia Los Ángeles nuevamente. La ceremonia de juramentación sería al día siguiente poco después del mediodía.
Esa es la única vez que he tardado casi cuatro horas para llegar a la ciudad. Fue como si quisiera hacer el mayor tiempo posible antes de llegar. Quizás porque iba de masoquista escuchando las canciones rancheras que me recordaban a mi madre muerta hace 14 años. Pensaba en lo lejos que estoy del suelo donde he nacido. Y en lo sola como hoja al viento que muchas veces me he sentido.
Todas esas canciones que hablaban de nostalgia, soledad y dolor desataron un torrente ardiente que bañaba mi rostro y rodaba interminable hasta mi cuello. Imágenes y pensamientos. Recuerdos. Sentimientos. Puras puñaladas al corazón. Todo un balance emocional. Seis años de mi vida viviendo en el limbo. Seis años de lucha por la sobrevivencia en otro país. Otra cultura. Aprender desde abrir una cuenta de cheques hasta otro idioma. Hacer una vida nueva con sólo las memorias del pasado.
Al fin saltaría a la gloria. ¡A qué precio!
No puedo decir que me sentí completamente feliz porque iba a ser ciudadana. Algo en mi corazón me lastimaba. Me dolía la garganta. No paraba de llorar. Ni podía hablar.
Al día siguiente, tras pagar $7 por estacionamiento, la enorme línea de personas en Pomona Fairplex me atemorizó, no por lo largo de la espera sino por los fuertes rayos del sol y mis zapatos de tacón alto. La carta decía que uno tenía que ir presentable. Pero mientras unas llevábamos nuestras mejores “garritas,” otros iban vestidos de forma muuuy casual.
Al acercarnos al inmenso auditorio, nos separaron a los interesados de los acompañantes. Y Miguel se tuvo que ir para otro lugar. Ya adentro nos volvieron a dividir a quienes queríamos sacar de una vez nuestro pasaporte. Habían pasado dos horas desde la hora de la cita y nos iban acomodando en unas inmensas hileras de sillas blancas.
Tuve suerte y como al tiempo que repicaba las campanas, andaba en la procesión –además entrevistaba y tomaba fotos para mi artículo– me tocó estar en la segunda fila de hasta mero adelante, al lado de un hombre al que Telemundo le había puesto un microfonito para hacer su historia –eso lo sabría hasta que terminó la ceremonia.
El juez empezó a hablar y nos recordó que ya éramos “parte de la más exitosa democracia. La promesa de América” para nuestros hijos. Y tras un mensaje en video donde el presidente Bush nos daba la bienvenida a… no pude ver ni concentrarme en que decía mi ahora presidente, porque de nuevo las imágenes y recuerdos, pensamientos y sentimientos se adueñaron de mi mente y lloraba silenciosamente. No podía ver las líneas de mi libretita donde tomaba notas.
Cuando el juez nos pidió poner la mano derecha del lado del corazón, ¡éste me latía violentamente! Y al repetir las palabras “absoluta y completamente renuncio a toda lealtad y fidelidad a cualquier…” ¡Oh, Dios!…
El hombre con el microfonito volteó a verme cuando un gemido me brotó del alma. El llanto y los sollozos me ahogaban. Mi alma estaba herida. Sentía que abandonaba a mi madre patria y a los míos… Lo extraño es que nada me ata a mi madre patria, sólo mis recuerdos y mis muertos. Más triste todavía.
Al término de la ceremonia, con los ojos semi borrosos busqué los tres números finales que tenía en mi tarjeta de residente permanente –que fue recogida antes del evento–, para que me entregaran mi certificado de naturalización.
No quise tramitar mi pasaporte porque cientos de personas ya estaban en fila. Preferí hacerlo después en la oficina de correos. No tenía prisa. Mis zapatillas me mordían la planta de los pies. Y como tenía hambre y sed nos enfilamos hacia un festín de champaña –mi querida amiga Lilí me dijo, “realmente todos los buenos contratos y eventos deben sellarse con champaña.” Y este lo era– y platillos latinos en un restaurante de Pasadena cuyo nombre no pudo ser más irónico: “Madre’s”
Ya no me quiero acordar…
La champaña y el restaurante no pudieron estar mejor. No así la mañana siguiente que amanecí en Santa María. Sola. Ni el trabajar un par de horas con un dolor de cabeza que me taladró todo el día. A pesar de todo me sentí más completa y sonreía complacida: Una raya más al tigre.
El día anterior, más de 7,062 residentes, procedentes de casi 100 países nos hicimos ciudadanos americanos en Pomona Fairplax. Me pregunto, ¿cómo habrán festejado?
Los países más representados fueron México, 2,143; Filipinas, 548; Irán, 416; Vietnam, 407; Corea, 389; El Salvador, 387; China, 367; Taiwán, 183; Guatemala, 180; Tailandia, 73; Nicaragua, 65; Perú, 65; Japón, 53; Hong Kong, 52; Colombia, 48; Indonesia, 32; Ecuador, 25; Belice, 25; Camboya, 20; Cuba 10, entre otros.
Se espera que en el 2006 más de 100,000 candidatos para la ciudadanía se naturalicen en el Distrito de Los Ángeles. Durante el año fiscal 2005, más de 500,000 personas se convirtieron en ciudadanos norteamericanos en ceremonias en todo el país.
Otra pregunta quedará en el aire: ¿Habrán sentido lo mismo que yo?
Lo que me consuela es que el cónsul Gamboa me dijo que no perdí mi ciudadanía mexicana.
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